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Marca​ ​personal

Últimamente he estado informándome sobre el personal branding o marca personal, precisamente para escribir en esta página y entre las características que más me llamó la atención sobre ello está la diferencia entre marca y reputación.

Si mi marca, o dicho en mis palabras, mi nombre me resulta importante para identificarme, de ahí que siempre me presento con mis apellidos paterno y materno, por honrar a mi padre y a mi madre, también me resulta muy importante la reputación, o dicho en mis palabras, la huella que pueda o no dejar en los demás.  

Los demás, esos otros, quienes son muy importantes para mí.

Sandra Guerrero Martínez, nacida un 17 de mayo de 1964, en la ciudad de Guayaquil, hija de Abdón y Blanche, dos seres extrañamente unidos a pesar de sus muchas incompatibilidades.  Tal vez fue el amor maduro, otoñal, lo que los vinculó hasta el fin de sus vidas, tal vez…

Marca y sus características.

Mujer, madre, maestra, la reputación en constante construcción.

Mi padre, hombre viejo y sabio, que no es lo mismo que viejo y decrépito, entre sus varias frases que calaron en mi mente, solía decirme: “Las cosas además de ser buenas, deben parecerlo”.  La primera vez que lo dijo, yo adolescente, pensé que era una especie de principio ambiguo, medio falso, como hipócrita.

A lo largo de la vida he aprendido que, con ser bueno, no es suficiente, hay ciegos ante la honestidad, la justicia, la ética.  Y es precisamente ante este tipo de ciegos que ser no es lo mismo que parecer, ya que ellos se fijan en las apariencias, se quedan en lo que perciben y no contemplan la esencia de las cosas.

Ser y parecer.

Ser mujer, madre y maestra y que sin duda parezca que, al menos, entre mi discurso y mis actos haya congruencia.  Que mi reputación sea evidente hasta para los ciegos, que esta mujer que hoy escribe su primer texto en esta página, vaya construyendo una reputación digital, reflejo de la reputación tangible que tiene en su vida real.

Hola, soy Sandra Guerrero Martínez, mujer, madre y maestra y estoy aquí para compartirME.  Aspiro que, a lo largo de nuestros encuentros virtuales, logre dejar una huella en ti, y no solo el recuerdo de una marca.

No a las redes sociales

Me considero una persona de convicciones arraigadas y a veces, tal vez, algo extremista, como cuando decidí no oír nunca más una canción de Ricardo Arjona, porque consideré la posibilidad de cierto el rumor que él había incurrido en maltrato doméstico, lo que me resulta intolerable.  Tal vez Arjona sea inocente, pero como también suelo ser persona de hábitos, sencillamente, me acostumbré a no oírlo.

Volviendo al asunto de este texto. Cuando comenzó el furor por las redes sociales, yo estaba “en otro patín”, como solemos decir en Guayaquil. Aún no había ni Facebook.  Luego con el paso del tiempo, me percaté que ya no era solo gente joven quienes estaban en ello, sino también mis contemporáneos. Era más o menos la época del boom del Blackberry.  Éste sí lo disfruté, pero no, no y no a las redes.

Mis redes sociales las tejía con la mirada, el apretón de mano, la cotidianeidad, no con “contactos virtuales”. No, no y no a las redes.

Además, eso de la exposición globalizada a través de las TIC estaba bien para los “mediáticos” y yo no me consideraba del gremio.  Por el contrario, juzgaba que, de hacerlo, sería como situarme en una vitrina que no me atraía, ni necesitaba.  Lo privado, es privado y mi vida es privada… hasta que, por curiosidad, en el nuevo teléfono “inteligente” que tenía, en ese entonces, un Samsung, puf, paf, pof, abrí una cuenta en Facebook.

Y se hizo la luz, por decirlo de alguna manera. Ubicar a personas de quienes había perdido el contacto por diversas circunstancias, mantener el contacto desde el teléfono celular, prescindiendo del correo electrónico, inclusive, fue muy, muy atractivo.

Sin embargo, tengo que confesar algo, aunque para mí es bastante difícil declinar una convicción, tampoco me niego a la posibilidad de que suceda. Y aunque no volvería a escuchar a Arjona (no es el único vetado), sí disfrutaría, mesuradamente, de las redes sociales. Facebook, Instagram… Sandra había llegado.