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Madre

Voy​ ​a​ ​ser​ ​¡¿mamá?!

Nunca me percibí como maternal.  Incluso, cuando tendría unos 20 años pensaba, si a los treinta no he tenido un hijo, por algo tengo útero, así que procrearé con inseminación artificial… pero aún ahí no me determinaba como madre, sino como alguien que puede tener un hijo, para mí, desde ese entonces, conceptos muy distintos.

Y la vida sucedió, tenía 26 años y supe que estaba embarazada… lo supe desde que lo concebí, es algo totalmente instintivo, primario, pero yo siento que sé, exactamente cuándo concebí a mis tres hijos.

El examen casero de embarazo no es suficiente, ni el de sangre siquiera, que lo confirme un médico, ése era el dato que requería para asumir mi nueva condición: madre gestante.  Sin embargo, nada.  Con observar la econosonografía constataba que había un ser humano dentro de mi cuerpo, que sus huesitos eran perfectos, su columna tenía maravillosas y diminutas vértebras.  Realmente, lo que me entusiasmaba era ver cómo un ser humano diminuto, es perfecto.  No me sentía… mamá.

Pasaron los meses, crecía la panza, pero, ¿y el instinto materno?, ¿dónde estaba?

Nació mi primer hijo. Mi familia decía que era bello, el más guapo del hospital.  Cuando lo vi, realmente me fijé más en que esté completo que en si era lindo.  O sea, seguía siendo una mujer que tenía un hijo.

Lo amamanté, lo cuidé, aseé, pero… ¿y el llamado de la Naturaleza?

Dos días después en casa, en la madrugada, me desperté al oír un sonido extraño, inusual.  Era el sonido de rascar sábanas con las uñitas de las manitas de los bracitos del cuerpito de MI HIJO. Sí, por fin, el instinto tocó tierra conmigo, recién ahí asumí: Ese ser humano que produce ese casi imperceptible sonido es mi hijo, yo soy su madre, estamos unidos por siempre por ese lazo que de repente se hizo evidente, el amor de madre por su hijo, de mamífero por su cría y más, mucho, mucho, mucho más que eso.  Ahora sí era mamá, me sentía mamá, me sabía mamá.

Salir​ ​de​ ​la​ ​maternidad​ ​sin​ ​un​ ​bebé

En mi vida he tenido muchas pérdidas muy importantes.  Hoy voy a escribir sobre una que no menciono a menudo, pero que duele igual…  mi segundo hijo.

Mi primogénito tendía unos ocho meses de edad y ¡sorpresa!, otro embarazo. La noticia tuvo que ser asimilada muy lentamente, pues, tenía un bebé que atender y la idea de otro hijo tan seguido, realmente me abrumaba, nos abrumaba a mi esposo, a mis padres, a la familia. Sin embargo, ahí estaba y había que prepararse para ello.

Inicié mis consultas médicas: primer mes, segundo mes, tercer mes… y de pronto una noticia: “No hay latidos”, dijo el médico.  Vamos a corroborar esto.  Exámenes van y exámenes vienen, una noche fue la noticia definitiva: “El producto está muerto”, dijo el médico. ¡Cómo me chocó ese término para mi hijo, el producto!  Aunque técnicamente sea cierto, es el producto del embarazo.

Hubo que decidir cuándo y cómo ingresar a la maternidad para practicar el aborto asistido, ya que no había indicios de aborto espontáneo, por lo que me aseguré de más de una forma, que mi bebé, irremediablemente, ya no latía.

La víspera de la intervención quirúrgica fue espantosa, con vómitos, dolor de cabeza, ansiedad, de todo un poco, mal, muy mal.  A la mañana siguiente al hospital, al quirófano, a la sala de postoperatorio, a la salida de la maternidad… Y ahí realicé a cabalidad lo que acababa de suceder… Al ver que era, probablemente, la única mujer que egresaba de la maternidad sin su bebé en brazos, sentí un inmenso e íntimo dolor, me sentí como vacía, hueca, mareada, como alucinada.  

Llegué a casa aún con vestigios de la anestesia general que me aplicaron en la operación, a lo lejos oía que mi esposo jugaba con nuestro otro bebé. ¿Cuál otro bebé? Solo había uno, el que reía con su papá, el mismo que varias horas después lloraba inconsolablemente por su leche materna, por el pecho de su mamá.  

Tomé inmensas cantidades de agua, mucha, mucha agua, quería diluir la anestesia y el dolor de la pérdida, mi hijo vivo demandaba alimento directamente de mí, tenía que hacerlo, tenía que amamantarlo.  Horas después lo hice, y ahí, mientras él se llenaba de mí, yo sentí que despedía al otro, al que no pude darle el pecho.

Madre​ ​canina

No sé si exactamente a esto que voy a relatar se le puede calificar como maternidad, pero mi primer acercamiento a ese sustantivo abstracto fue Leisi, tal cual se pronunciaba, u “Ociosa”, Lazy en inglés.

 

Ella llegó a mi vida cuando mi hermano se la llevó a mi mamá para que la adoptara. Sin embargo, fue en nuestro primer contacto visual que yo supe que ella y yo seríamos una para la otra y viceversa.

 

Leisi era una Basset Hound, larga como un lunes y con cara triste, triste, muy triste. Se la habían llevado a mi hermano para que tenga cría con su perro. No pasó nada y cuando quiso devolverla, le dijeron que se la quede, igual: “No servía”.

 

Llegó a mi flaca, huesuda, con una oreja rajada hasta casi la mitad, los ojos parecían descolgarse de las cuencas. Era un rollo de pellejo y temor. Me acerqué, la toqué, le acaricié el morro, jugué con su hocico colgado, le sonreí, hablé con ternura y sentencié: “No puede dormir sola, que lo haga en mi habitación”.

 

Eventualmente se apropió de mi habitación, de mi cama, de mis espacios, de mi tiempo libre, de mi cariño y cuidados.

 

Tuvimos innumerables momentos de mimos y arrumacos mutuos. En la noche, la abrazaba mientras dormía a mi lado, cerraba los ojos, simple y llanamente sentía su calor y respiración. Suficiente, eso era la pura expresión del amor incondicional. Eso era la aproximación a la maternidad.

 

Justo, tiempo después, ya ella mayor, durante mi primer embarazo, un día cualquiera, Leisi amaneció sin vida.

 

Lloré, lloré mucho. Hubiera querido tanto que mi hijo la conociera, jugara con ella, que supiera lo que significa contar con un ser vivo que te ama solo por ser tú.

Aún hay días en que la recuerdo, color miel, pecho blanco, paticorta, perezosa, con cara de yo no fui, parecida a otra “hija” que tengo ahora… Ésa es otra historia.