Salir​ ​de​ ​la​ ​maternidad​ ​sin​ ​un​ ​bebé

En mi vida he tenido muchas pérdidas muy importantes.  Hoy voy a escribir sobre una que no menciono a menudo, pero que duele igual…  mi segundo hijo.

Mi primogénito tendía unos ocho meses de edad y ¡sorpresa!, otro embarazo. La noticia tuvo que ser asimilada muy lentamente, pues, tenía un bebé que atender y la idea de otro hijo tan seguido, realmente me abrumaba, nos abrumaba a mi esposo, a mis padres, a la familia. Sin embargo, ahí estaba y había que prepararse para ello.

Inicié mis consultas médicas: primer mes, segundo mes, tercer mes… y de pronto una noticia: “No hay latidos”, dijo el médico.  Vamos a corroborar esto.  Exámenes van y exámenes vienen, una noche fue la noticia definitiva: “El producto está muerto”, dijo el médico. ¡Cómo me chocó ese término para mi hijo, el producto!  Aunque técnicamente sea cierto, es el producto del embarazo.

Hubo que decidir cuándo y cómo ingresar a la maternidad para practicar el aborto asistido, ya que no había indicios de aborto espontáneo, por lo que me aseguré de más de una forma, que mi bebé, irremediablemente, ya no latía.

La víspera de la intervención quirúrgica fue espantosa, con vómitos, dolor de cabeza, ansiedad, de todo un poco, mal, muy mal.  A la mañana siguiente al hospital, al quirófano, a la sala de postoperatorio, a la salida de la maternidad… Y ahí realicé a cabalidad lo que acababa de suceder… Al ver que era, probablemente, la única mujer que egresaba de la maternidad sin su bebé en brazos, sentí un inmenso e íntimo dolor, me sentí como vacía, hueca, mareada, como alucinada.  

Llegué a casa aún con vestigios de la anestesia general que me aplicaron en la operación, a lo lejos oía que mi esposo jugaba con nuestro otro bebé. ¿Cuál otro bebé? Solo había uno, el que reía con su papá, el mismo que varias horas después lloraba inconsolablemente por su leche materna, por el pecho de su mamá.  

Tomé inmensas cantidades de agua, mucha, mucha agua, quería diluir la anestesia y el dolor de la pérdida, mi hijo vivo demandaba alimento directamente de mí, tenía que hacerlo, tenía que amamantarlo.  Horas después lo hice, y ahí, mientras él se llenaba de mí, yo sentí que despedía al otro, al que no pude darle el pecho.

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