No a las redes sociales

Me considero una persona de convicciones arraigadas y a veces, tal vez, algo extremista, como cuando decidí no oír nunca más una canción de Ricardo Arjona, porque consideré la posibilidad de cierto el rumor que él había incurrido en maltrato doméstico, lo que me resulta intolerable.  Tal vez Arjona sea inocente, pero como también suelo ser persona de hábitos, sencillamente, me acostumbré a no oírlo.

Volviendo al asunto de este texto. Cuando comenzó el furor por las redes sociales, yo estaba “en otro patín”, como solemos decir en Guayaquil. Aún no había ni Facebook.  Luego con el paso del tiempo, me percaté que ya no era solo gente joven quienes estaban en ello, sino también mis contemporáneos. Era más o menos la época del boom del Blackberry.  Éste sí lo disfruté, pero no, no y no a las redes.

Mis redes sociales las tejía con la mirada, el apretón de mano, la cotidianeidad, no con “contactos virtuales”. No, no y no a las redes.

Además, eso de la exposición globalizada a través de las TIC estaba bien para los “mediáticos” y yo no me consideraba del gremio.  Por el contrario, juzgaba que, de hacerlo, sería como situarme en una vitrina que no me atraía, ni necesitaba.  Lo privado, es privado y mi vida es privada… hasta que, por curiosidad, en el nuevo teléfono “inteligente” que tenía, en ese entonces, un Samsung, puf, paf, pof, abrí una cuenta en Facebook.

Y se hizo la luz, por decirlo de alguna manera. Ubicar a personas de quienes había perdido el contacto por diversas circunstancias, mantener el contacto desde el teléfono celular, prescindiendo del correo electrónico, inclusive, fue muy, muy atractivo.

Sin embargo, tengo que confesar algo, aunque para mí es bastante difícil declinar una convicción, tampoco me niego a la posibilidad de que suceda. Y aunque no volvería a escuchar a Arjona (no es el único vetado), sí disfrutaría, mesuradamente, de las redes sociales. Facebook, Instagram… Sandra había llegado.

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